Qualitative Open Data

QualitativeOpenData

El jueves 17 de marzo tuvimos una reunión del Grupo de Diseño de Ecosistemas Tecnoculturales (UB-i2CAT) en el i2CAT. A la reunión asistimos Artur Serra, Marc Aguilar, Cristina Nieto y Jordi Colobrans. En un momento dado hicimos una conexión. Funcione este post como Acta de la Reunión.

La narrativa actual sobre la Open Data pone el énfasis en la dimensión cuantitativa de los datos. Se supone que los datos a los que hay que acceder son fundamentalmente de origen estadísticos. ¿Por qué es así y no de otra manera? ¿Por qué no es habitual aún pensar en una Open Data Cualitativa?

Estábamos reflexionando sobre el acceso y el uso de los datos abiertos y salía el tema de la Big Data. En un momento dado, caímos en la cuenta de que estábamos hablando de Open Data y pensando únicamente en datos cuantitativos. Y esto no es necesariamente verdadero. Alguna vez, frente a la Open Data, los tecnoantropólogos hemos reaccionado reivindicando una Thick Data, datos densos, significativos, datos etnográficos. Es decir, puestos a abrir los datos, podemos abrir tanto los datos estadístcios como los contenidos textuales. La Open Data, pues, también puede ser cualitativa. Puede haber una Qualitative Open Data y, en realidad, una Qualitative Open Data resulta fundamental cuando estamos hablando de información que tenga relevancia a escala local, pensando en el uso que de ella puedan hacer los ciudadanos en sus vidas cotidianas personales, sociales, laborales o profesionales.

¿Cómo llegamos a esta conclusión? Estábamos discutiendo sobre un nuevo proyecto financiado por la UE, el OpenData4Citizens y en el que intervienen varios países. El kick off de este proyecto empieza el mes de abril. Los impulsores de este proyecto ponían el énfasis en la apertura de los datos. Sin embargo, algunos, desde la experiencia del análisis de contenidos, replicábamos que de poco sirve tener datos si, luego, no hay manera de extraer nada útil de ellos. Además, añadíamos, ¿Cuál podría ser el valor real de acceder a bancos de datos generados por la administración para un ciudadano? Hemos vivido tantas experiencias de datos inútiles puestos a disposición del mundo, que nos rebelábamos ante la idea de una Open Data simplista e ingenua. Si el argumento del proyecto es ayudar a los ciudadanos en algo, tenemos que partir no d los datos, sino de los ciudadanos. ¿Y para qué quieren datos los ciudadanos? Hagamos el ejercicio de contextualizar. ¿Quienes son los ciudadanos? El tendero del mercado, el propietario de la tienda de bolsos que está a punto de cerrar, el profesor de escuela implicado en la cultura digital, el monitor de un centro de jóvenes que prepara los campamentos de verano, el programador de actividades de un centro cívico, el funcionario del ayuntamiento de barrio encargado de dinamizar el tejido asociativo, el presidente de una asociación de, por ejemplo, pintores o músicos o amigos de los trenes, el responsable de la biblioteca del instituto de secundaria, el padre, la madre, el hijo, el estudiante, el que anda por la calle o hace gimnasia en el parque, el comprador, el vendedor, el usuario del Centro de Asistencia Primaria… Los ciudadanos son las identidades y los roles que desempeñan las personas (por lo menos desde una perspectiva antropológica). Por lo tanto, una Open Data para los Ciudadanos debería ser un instrumento que ayude a estos roles e identidades a ser lo que son y a hacer lo que hacen.

Una Open Data Top-Down, para nosotros, resultaba criticable. Tiene escaso sentido en la escala local. No se trata de volcar datos en Internet, aunque estén algo indexados. Hacer públicas las bases de datos de administraciones, investigadores y otros puede ser una acción quizás encomiable desde la perspectiva de la cultura de la apertura y la transparencia, pero si estos datos carecen de interés, no están optimizados, ordenados, indexados y no se acompañan de herramientas para su explotación y aplicación, estamos ante un simulacro de servicio. El destinatario de la Open Data deben ser los ciudadanos, no el mundo digital. La Open Data no debería ser un fin en sí mismo.

Por lo tanto, si de verdad estamos pensando en los ciudadanos habría que hacer algo distinto. Habría que conocer qué necesidades de información tiene la gente a escala local y, a partir de ahí, solicitar el tipo de datos que necesitan para mejorar el desempeño y la calidad de su vida cotidiana. Por ejemplo, la chica sin estudios que quiere quiere montar una peluquería para ganarse la vida y no se puede costear un estudio de mercado ni de imagen, quizás estaría encantada de poder consultar una web que le permitiera localizar el mejor lugar para ubicar su peluquería en su barrio y encontrar pistas para decidir el aspecto de su tienda y los productos que podría ofrecer a sus futuros clientes. Cualquiera de los perfiles locales mencionados dos párrafos más arriba serían candidatos a explicar sus necesidades. Habría que hacer una Etnografía de las Necesidades de los Ciudadanos en los Barrios para saber qué información necesitan y para requerir a quienes van a abrir sus datos, los tipos de datos y qué quieren hacer con ellos. Y, luego, tratando de resolver algunos de estos casos desde el principio hasta el fin, habría que ir modelando la estructura de estos espacios que se ofrecen abiertos al ciudadano. De otra manera, sucede lo que tantas veces sucede: magníficos aeropuertos sin aviones, lujosos trenes de alta velocidad sin pasajeros, costosos archivos digitalizados que jamás se van a utilizar. ¿Es esto lo que queremos para el mundo de la Open Data? ¿Datos y datos sin usuarios? ¿Datos que están ahí, abiertos, pero sin usuarios? Si se hace hay que hacerlo bien. No se vale esto de ‘Yo ya he puesto los datos’ ahora te toca a ti. Esto sería como darle un volante, un sillón, unas ruedas y un bidón de gasolina al usuario y decirle ‘Anda conduce’. Todos sabemos que no va a conducir en estas condiciones. Por lo tanto, ahí hay engaño y esto no puede ser.

A partir de ahí nos planteamos qué tipos de datos esperan los ciudadanos y nos percatamos de que no son precisamente datos numéricos los que espera el ciudadano sino consejos, conocimientos, experiencias y conceptos con los que pueda pensar y que, a continuación, pueda aplicar. El ciudadano, por ejemplo, no quiere saber la densidad del flujo en las calles de Barcelona, quiere saber si aquel día saliendo a tal hora de su casa va a llegar puntual al trabajo. No se descargará una base de datos para analizar las tendencias del tránsito o visualizar la disponibilidad de las zonas azules o verdes para aparcar en el Área Metropolitana de Barcelona. Quiere saber si el recorrido que prevé hacer aquél día será fluido o le resultará un calvario. Quiere saber si acierta en sus decisiones. Querrá saber cosas como si en aquella calle en la que ahora se encuentra y está pensando en aparcar en doble fila para descargar algo tiene un riesgo real de que le multen. El ciudadano local no pide sólo números quiere, sobretodo, conocimientos y experiencias.

El Ayuntamiento de Barcelona, por ejemplo, dentro del Plan de Actuación Municipal 2016-2019, está impulsando iniciativas participativas a nivel de ciudad organizadas por distritos. Entre ellas la plataforma Decidim Barcelona, una plataforma en la que se fomenta un diálogo entre el soporte ciudadano a las propuestas del Ayuntamiento y las propuestas de los ciudadanos. Las intervenciones de los ciudadanos también son Datos Abiertos. Está abierto el tipo de información que el Ayuntamiento necesita del ciudadano para mejorar la gobernanza de la ciudad. Pero ¿en qué plataforma están las recomendaciones que necesitan los ciudadanos? ¿Dónde se encuentran las devoluciones del Ayuntamiento a la información y experiencias que comparten los ciudadanos con la institución que los representa? Esto es algo que los ciudadanos también necesitan en su día a día. Información para decidir ellos sus cosas, al igual que hace el Ayuntamiento con las suyas. Aquí haría falta un trabajo de coordinación de los muchos foros, blogs y espacios de interacción en los que los ciudadanos comparten sus experiencias y conocimientos.  La Open Data que necesita el ciudadano no es tanto una Open Data numérica sino una que le aporte síntesis y guías de muchos datos que ya están en Internet y que la escala personal y humana tiene dificultades para procesar. Esto sería una verdadera Open Data for Citizens, una Open Data no solo estadística sino cualitativa., una Open Data de ayuda al ciudadano, no para el estadista o el investigador académico. El ciudadano no necesita demasiadas tablas con datos o listas con información, sino bancos de conocimientos tipificados y de saberes surgidos de las experiencias de sus conciudadanos.

Como es habitual, el camino a recorrer es muy largo. Pero, en aquél debate que duró más de dos horas por lo menos hicimos algunas conexiones que nos habían pasado desapercibidas. Y aquí están, compartidas con el mundo mundial.

¡Gracias a todo/as por aquél magnífico debate!

De la Brecha Digital en Tiempos de la Open Data

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En la foto: Research Report: Digital divide, nube de etiquetas generada desde el  Ultimate Research Assistant


Hace unos años cuando se empezó hablar de la brecha digital (Digital Divide) el significado de esta expresión era muy concreto. Hablar de brecha digital significaba plantear problemas y soluciones ante las dificultades que algunos colectivos tenían para disponer de tecnología para la computación y de acceso a Internet (1). la brecha digital fue la metáfora que se utilizó para llamar la atención y destacar un nuevo fenómeno: el desigual acceso a las herramientas del mundo digital y para plantear los riesgos de las nuevas formas que tomaba la desigualdad y la exclusión social ante el avance tecnológico. La tecnología ¿Tiene que servir para unir o para dividir y excluir? se preguntaron unos. Debería unir, respondieron otros. Ver l concepto clásico de brecha digital en una Infografia.

Para solventar este problema se llevaron a cabo varias iniciativas que proporcionaban acceso a ordenadores y conectividad a los ciudadanos, por ejemplo impulsando la creación de Telecentros (2) y otras iniciativas para el fomento de la sociedad del conocimiento y el fomento de la cultura digital a escala local. En Catalunya, se dio un caso singular, abrió sus puertas el Citilab de Cornellá en el 2007 con una magnífica sala de ordenadores abiertos al público, un atractivo programa de formación para el mundo digital y un ambicioso mapa de proyectos tecnoculturales (mapa del 2009). En el 2009, Vicens Badenes, su entonces director, observó que la frecuencia de visitas de los usuarios del Citilab a la sala de los ordenadores estaba disminuyendo. ¿Por qué sucedía esto? Se hizo un estudio de las motivaciones de sus usuarios y se descubrió que estaban dejando de acudir al Citilab porque, precisamente, al haber estado acudiendo al Citilab, manejando ordenadores conectados a Internet y descubierto sus posibilidades con la formación que se les ofrecía, se habían ido acostumbrando a ellos y, finalmente, habían decidido ir comprado su propio ordenador y dado de alta una conexión a Internet en casa. Los usuarios del Citilab ya no pedían acceso, pedían formación y proyectos en red para moverse en una sociedad que progresivamente se digitaliza. Aquella brecha se había desplazado. Ahora que tenían tecnología quería saber qué más podían hacer con ella.

En la actualidad en la UE se habla mucho de Big Data y de Smart Cities, de Open Data y de Open Government. Y ha ido emergiendo un movimiento de cultura abierta y cultura del común  (commons) que pide al gobierno y a las instituciones educativas financiadas con dinero público que haga públicas sus bancos de datos. ¿No ha sido con dinero público que se han generado estos datos?, se preguntan algunos, entonces públicos deben ser los datos en una sociedad de derecho, infieren. Detrás de esta demanda hay una exigencia latente de transparencia a la gestión pública y una cierta cultura de la sospecha hacia ciertas tradicions de gobernantes, además de la concepción discutible de que la información es un fin en sí misma. Una alternativa conciliadora de este enfoque sería ¿Cómo, al abrir los datos, los gobiernos podrían crear sinergías para mejorar la gobernabilidad con la ayuda de los ciudadanos? (4).

Supongamos que un proyecto de Open Data para los ciudadanos ha logrado sus objetivos y que tenemos millares de bancos de datos abiertos disponibles para hacer algo con ellos, lo que queramos. ¿Y ahora qué? ¿Cómo podría su publicación empoderar de alguna manera a los ciudadanos? ¿En qué ayuda esto, por ejemplo, a la gente de un barrio, distrito o población? ¿Y de una calle, de un edificio y de una casa? ¿O al miembro de una familia, a un estudiante, a un trabajador, a un tendero, a un empresario o funcionario local? ¿Quien sabe en la dimensión de la vida cotidiana del ciudadano cómo extraer algún conocimiento de aquella información? La minería de datos y la gestión de conocimientos es algo muy complicado. Más aún cuando las fuentes de la información son diversas. Se requieren no sólo conocimientos especializados sino tiempo y dinero. Si esto es así, tendremos datos abiertos pero el problema será otro. ¿Qué tienen que ver estos datos con los intereses reales de los ciudadanos? Aquí la brecha digital es otra. En tiempos de la Open Data los que saben analizar los datos tienen ventaja sobre los que no saben cómo. Hay otra brecha digital. Parece, pues, que la brecha avanza a medida que la sociedad va consiguiendo logros en el mundo digital.

Posiblemente con el tiempo aparecerán programas que reordenen, analicen e interpretan toda esta información en lenguaje natural y proporciones aplicaciones contextualizadas del conocimiento adquirido a los ciudadanos, a los colectivos, a las empresas, a las universidades y a la misma administración, y que la Big Data (o la Thinck Data) podrán ser explotadas para algo. Pero, para cuando esto suceda, la brecha digital se habrá desplazado a otro lugar. Esto es, precisamente, ir hacia el futuro, vivir en un mundo que se digitaliza. Para que la Open Data sea funcional no debe limitarse a ser un repositorio. El ciudadano no tienen tiempo para tratar con el banco de datos, necesita el sumario ejecutivo para poder tomar sus decisiones. Esto es una de las cosas que habría que pedir a la Open Data, los datos y algo para poder hacer algo con ella, de otra manera, la brecha digital para muchos personas seguirá ahí.

[1] Para una breve introducción a la historia de la brecha digital ver el post de Michale Rapaport (2009) A Short History of the Digital Divide , o el de  Kevin Bulger (2007) A brief history of digital divide

[2] Por ejemplo, ver Telecentre Europe, la red de Punt Tic en Catalunya, La Asociación Comunidad de Redes de Telecentros en España, o la TCF-Telecentre Foundation)

[3] Ver el post de Pamela Martineau (2015) Open Data Evolution: From Increasing Transparency to Engaging Citizens. Small, medium and large cities share how open data efforts are evolving in their communities

[4] Ver, por ejemplo, el programa del Center for Government Excellence (GovEx) 

“FORO INTERNACIONAL DE INVESTIGACIÓN 2016: TECNO-ANTROPOLOGÍA”

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Entre los días 11 y 13 de enero del 2016 ha tenido lugar el Foro Internacional de Investigación 2016: Tecno-Antropología en la Escuela de Ciencias de la Ingeniería y Tecnología (ECITEC), Unidad Valle de las Palmas, Universidad Autónoma de Baja California, México, en colaboración con el CONACYT y el Colegio de la Frontera Norte. Agradecemos a  Max Matus y Evrvey Leonel Hernandez la organización del evento.  En este foro ingenieros y algunos tecnoantropólogos (Max Matus, Iñaki Martin y Jordi Colobrans) debatimos sobre los principios, perspectivas y métodos de la tecnoantropología como profesión.

¿Todos somos ingenieros?

Pensando en la tecnoantropología como profesión (I)

La construcción social de la realidad

En los años 70s Berger y Luckmann recordaron al mundo que hay una construcción social de la realidad y que, por lo tanto, que la realidad se construye socialmente. No es que la realidad no sea real, como se preguntaba Watzlawick de manera juguetona. Es que, a pesar de habitar como seres vivos un lugar físico al que llamamos planeta, necesitamos construir nuestras propias realidades físicas, sociales y mentales para poder sobrevivir, vivir y desvivirnos en él. La idea de estos autores no era original, procedía de una tradición fenomenológica y hermenéutica muy anterior pero su publicación en el espacio intelectual durante el esplendor del desarrollismo sirvió para tomar consciencia de ello en los albores de la sociedad de la información.

En este sentido los humanos somos constructores de objetos, de relaciones sociales y de sistemas de significados que, luego, conservamos (o no) en forma de propiedades, costumbres sociales y maneras de pensar. Si, además, a estas construcciones históricas propias del proceso civilizatorio añadimos los logros de la biotecnología y la nanotecnología, resulta que, ahora, también somos creadores de vida y de materia sintética. En otras palabras, la construcción social de la realidad aún va más allá. No sólo es un concepto metafórico inspirado en la arquitectura como ingeniería, como identificaron Lakoff y Johnson, sino que, tanto la realidad del mundo de los objetos como de la interacción humana y de los símbolos es, en sí misma, el resultado de una ingeniería social.

Todos somos ingenieros

Por lo tanto, no es que entre los seres humanos haya ingenieros y pensadores como distinguió la filosofía clásica al oponer la experiencia de los artesanos a la de los filósofos, sino que, de manera continua, los seres humanos ingenian tanto mecanismos físicos, sociales como mentales para sus propósitos de hacer, de vivir y de dar sentido a su existencia. El ingenio, la astucia, la inteligencia, el conocimiento, la memoria, la capacidad de asociación y todas las demás capacidades cognitivas del ser humano son instrumentos al servicio de su vida. Cuando el ser humano activa estas capacidades actúa como un ingeniero del mundo. Cuando esto no sucede, el ser humano actúa como un usuario en el mundo. La dicotomía, pues, no es entre filósofos y artesanos, sino entre ingenieros y usuarios. Pero, en esta segunda dicotomía, los ingenieros son todos aquellos que ordenan y/o transforman el mundo con sus nuevos objetos, sus nuevos mecanismos sociales y/o sus nuevos conceptos, se dediquen tanto al hacer, como relacionar o al pensar. 

Visto des de esta manera, nuestra vida es un continuo ir y venir entre el papel de ingenieros y el de usuarios. Cuando resolvemos o creamos problemas estamos actuando desde la ingeniería y, cuando utilizamos lo que nos encontramos hecho, actuamos como usuarios del mundo. Somos ingenieros en la familia, en el trabajo, en la comunidad o en la academia.

Sin embargo, algunos académicos objetarán: ‘Nosotros no somos de los que queremos transformar el mundo, somos de los que lo analizamos y lo interpretamos. No somos ingenieros’. A estos académicos se les podría responder: Sí, tambien sois ingenieros porque cuando explicáis las cosas construís un argumento, disponéis los datos empíricos o las razones de una determinada manera y empleáis (o generáis) conceptos que ayudan al lector a interpretar los fenómeno en el mundo, es decir, le proporcionáis un mecanismo de interpretación que le ayuda a ver las cosas de una manera y no de otra. Por lo tanto, vuestra actividad es ingenieril. Los académicos y los científicos, aunque no apliquen sus conocimientos, también son ingenieros y lo son porque construyen explicaciones que permiten a la gente entender lo que ocurre a su alrededor.

Y puede que estos profesores e investigadores pregunten: ‘Si a todo le llamamos ingeniería, entonces, ¿qué es la ciencia? Creíamos que lo que hacíamos se llamaba ciencia. ¿Acaso no lo es?’ 

Toda ciencia o arte es una ingeniería

Parece, pues, que la ciencia, como tal, no existe. Nunca ha existido. Esa ‘cosa’ llamada ciencia, es una tecnología del conocimiento. Los conocimientos científicos son instrumentos que nos ayudan a explicar el funcionamiento del mundo pero, aunque el pretendido científico sea físico, natural o social se comporta como un ingeniero. O proporciona nuevas ideas y síntesis sobre la realidad, o proporciona nuevas conexiones, o proporciona nuevos objetos a la industria o a la sociedad. Incluso el filósofo cuando escribe hace de ingeniero manejando palabras e ideas. ¿Y el artista?También es un ingeniero. Su obra de arte plasma su ingenio y es el resultado de la tecnología creativa que ha empleado. En sentido estricto no podemos afirmar que exista la ciencia ni la literatura como tales, existen tecnologías de o para una cosa u otra. No existen ni los científicos ni lo humanistas ni los artistas. Tampoco existen ni los políticos, ni los juristas, ni los teólogos. Existen formas de hace ingeniería en distintos campos de la experiencia humana y que, con sus instrumentos físicos, sociales, conceptuales o virtuales explican, transforman o contemplan el mundo. Esta separación entre ciencia y tecnología, entre filósofos y artesanos, entre ciencia pura y ciencia aplicada resulta paralizante en un mundo complejo. Es fácil separar o delimitar los ámbitos de actuación pero, luego, resulta demasiado complicado volver a enlazar las partes e integrarlas en el conjunto de la sociedad.

Pensar como ingenieros para diseñar el mundo en el que queremos vivir

Si asumimos que todos, de una manera u otra, somos ingenieros, entonces, todos deberíamos poder participar del diseño del mundo en el que vivimos o en el queremos vivir. Y, quizás, así, podría mejorar nuestra experiencia como usuarios del mundo o, por lo menos, de la parte del mundo en la que vivimos o queremos vivir. En tiempos de la globalización la ingeniería y el diseño social debería ser cosa de todos.

Proyectos de Tecnoantropología y proyectos de investigación social

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Los proyectos de tecnoantropología son distintos de los de la antropología social o cultural, o de los de la sociología académica. El esquema de un proyecto académico, una tesis en ciencias sociales, el de una monografía o el de un informe de campo, pasa por una serie de etapas delimitadas:

  1. Elaboración de la propuesta,
  2. Recopilación de datos,
  3. Análisis e interpretación, y,
  4. Redacción de la monografía, el artículo o informe.

Ver los manuales de investigación en Ciencias Sociales (por ejemplo el clásico de Raymond Quivy y Luc van Campenhoudt, o mi libro: El Doctorando Organizado sobre como hacer una tesis en ciencias sociales y no morir en el intento.

Sin embargo los proyectos de tecnoantropología están relacionados con el mundo de la innovación, son interdisciplinarios y, por lo tanto, tienen otra complejidad. Siguen un esquema distinto, un esquema típico de los proyectos de I+D+i.

Las etapas de un proyecto de I+D+i varían en función del tipo proyecto y del grado de desarrollo de la necesidad, la idea, el concepto o el producto. Sin embargo un proyecto de I+D+i en el que intervienen las TIC para crear algún producto o servicio tecno-cultural, y que empiece desde cero, acostumbran a seguir un patrón parecido al siguiente:

  1. Fase de exploración de las necesidades (y oportunidades)
  2. Fase creativa (ideación y conceptuación del producto o servicio)
  3. Fase de diseño (o co-diseño con los usuarios, a veces incluida en la fase creativa)
  4. Fase de desarrollo (incluye desarrollo de prototipos y pruebas de validación)
  5. Fase piloto
  6. Fase de producción
  7. Fase de implementación
  8. Fase de impulsión y comunicación
  9. Fase de impacto y evaluación el proyecto

Dentro de este esquema, la tecnoantropología aporta valor al proyecto de I+D+i en varios momentos del proceso. “Aportar valor” aquí significa realizar trabajo de campo y generar informes que sirven para que los distintos agentes que participan en el proyecto puedan hacer su trabajo (o mejorarlo).

En la fase de exploración de las necesidades la tecnoantropología, a través del trabajo de campo, aporta informes etnográficos sobre las necesidades de determinados colectivos. Por ejemplo, ¿qué necesidades tiene la gente de edad en sus desplazamientos cotidianos?

En la fase creativa, tecnoantropólogos, diseñadores e investigadores de mercado, incluso los mismos ingenieros o responsables de organizaciones, cooperan en la identificación y en hacer explícitas de las ideas y conceptos que tienen o utilizan determinados colectivos (por ejemplo, mediante la etnografía), o generando escenarios (por ejemplo mediante talleres-laboratorio) que impulsen la creatividad de los usuarios o colectivos implicados en el proyecto. (Por ejemplo, ¿Qué ideas nos ayudan a pensar en una solución a estas necesidades?)

En la fase de diseño, los tecnoantropólogos ayudan a los diseñadores, y a veces a los desarrolladores polifacéticos y a la gente de marketing, explorando el impacto de los esbozos, croquis, apuntes y, en definitiva, toda clase de propuesta sobre papel o maqueta que servirá para adecuar la propuesta del diseño a las necesidades reales de los usuarios. A medida que se avanza en esta fase y se suceden las versiones del diseño y se enriquecen las propuestas con el feedback de los usuarios, el diseño va madurando. La tecnoantropología interviene directamente gestionando el impacto de estas propuestas y las valoraciones y requerimientos de los usuarios sobre el diseño o los usos potenciales o esperados del diseño que se va generando (¿Cuáles son los requerimientos que hacen los usuarios a la tecnología?). Con frecuencia a este tipo de investigación se le llama User Experience Research y se definen escenarios y casos de uso, procesos, etc.

En la fase de desarrollo, los diseñadores trabajan con los desarrolladores y, ambos, trabajan con los tecnoantropólogos. El diseñador debe asegurarse de que el desarrollador interprete correctamente los diseños. Aquí se inicia un diálogo entre el diseñador y el desarrollador. El resultado de este diálogo es la creación de un primer prototipo. Sin embargo este prototipo debe explorarse i validarse. Esto se hace con la ayuda de los usuarios. En este punto los tecnoantropólogos vuelven a intervenir en lo que se llama User Experience Research y pruebas de usabilidad. Generalmente los diseñadores, y a veces los desarrolladores están interesados en participar en los talleres, entrevistas y actividades que permiten conocer la experiencia y las impresiones de los usuarios. Durante la fase de desarrollo los prototipos se suceden hasta alcanzar una cierta madurez (¿Satisface las expectativas de los usuarios?) Cuando esto sucede se procede a realizar el piloto. El piloto es una prueba en la que se trabaja con un prototipo avanzado y en el que se reproducen las condiciones reales del uso de la tecnología. El piloto es una especie de prueba de fuego del producto o servicio.

En la fase piloto hay una fuerte presión tecnológica. Sin embargo, los tecnoantropólogos son quienes recuerdan a la tecnología que además de la funcionalidad los productos o servicios deben tener usabilidad (usability) y satisfacer realmente las necesidades de los usuarios. Una vez terminado el piloto, se pule el desarrollo del producto. Si es necesario se realiza un segundo y un tercer piloto. (¿Funciona, proporciona la solución esperada?) Cuando el desarrollo está maduro, entonces se envía a producción.

En la fase de producción los tecnoantropológos y los diseñadores no intervienen.

En la fase de implantación aparecen los técnicos instaladores. Aquí los tecnoantropólogos acostumbran a intervenir acompañando a los técnicos y haciendo el seguimiento de los usuarios en su primer contacto con la solución tecnológica. Estas primeras impresiones de los usuarios son importantes porque son únicas.

En la fase de impulsión y comunicación los tecnoantropólogos asesoran a los de marketing y comunicación y realizan investigaciones puntuales sobre determinados aspectos de los productos y servicios que podrían ser promocionados en las campañas de comunicación (publicidad, periodismo, relaciones públicas). Los tecnoantropólogos deben transmitir a los comunicólogos su conocimiento sobre la experiencia de los usuarios para facilitar el encaje de la comunicación con las necesidades de los usuarios.

Finalmente, en la fase de impacto y evaluación, los tecnoantropólogos, estudian el impacto social de la tecnología e informan de las interacciones, situaciones, usos, usos inesperados de la tecnología y recaban información útil para la segunda versión del producto o servicio y aumentar el grado de satisfacción de los usuarios. En cuanto a la evaluación del proyecto, al haber estado presentes a lo largo del proceso desde el inicio, los tecnoantropólogos, por su continua transversalidad e interdisciplinariedad, han adquirido una visión de conjunto del proyecto y están bien preparados para ocuparse de hacer (o participa activamente) en la valoración y evaluación de los resultados del proyecto y de las dinámicas que se han producido. Su informe sirve para incrementar la calidad del siguiente proyecto de innovación.

 

Por lo tanto, vemos que el esquema clásico de investigación en ciencias sociales lo que hace es adaptarse a cada una de las fases del proyecto de I+D+i. La estructura clásica de: planteamiento del proyecto, recopilación, análisis e interpretación de datos, e informe es una estructura que se repite en cada una de las fases y actividades que los tecnoantropólogos realizan en un proyecto de innovación. Es decir, la estructura de investigación académica queda asumida en una estructura de proyecto de I+D+i. Por lo tanto, cuando los científicos sociales plantean un proyecto de innovación deberían pensar en la estructura de los proyectos de innovación, no en la de las actividades de investigación social dentro de los proyectos de I+D+i. Su herramientas tiene sentido dentro del proyecto de I+D+i, pero no para concebir los proyectos de I+D+i.

Sin embargo, esta observación no significa que los científicos sociales no puedan plantear proyectos de I+D+i, sólo que deben utilizar el esquema apropiado cuando se dedican a tal menester. Precisamente su perspectiva holística y comprensiva de la realidad tecno-social pueden ser un poderoso activo que garantice que los proyectos de I+D+i avancen adecuadamente hacia su resolución teniendo en cuenta las dos fuerzas fundamentales del cambio: la tecnificación de la experiencia humana y la socialización de la tecnología.

Conectar la investigación tecnocultural con las industrias creativas

Conectar la universidad con la empresa es una de aquellas tareas siempre necesarias pero que resultan difíciles de llevar a cabo. De una efectiva relación y transferencia de conocimiento entre la universidad y la empresa dependen tanto los servicios de prácticas universitarias, como las bolsas de trabajo para los graduados, como algunos contratos de investigación con grupos de investigación o contratos de compra o explotación de patentes resultado de la I+D universitaria con empresas.

La aproximación entre la universidad y la empresa es un reto recurrente en la actualidad. Se empezó a hablar de la “tercera misión de la universidad”  o de su contribución al emprendimiento y al crecimiento económico (ver el artículo de Bueno y Casani) al mismo tiempo que se impulsaba nueva generación de parques científicos y tecnológicos en Europa a partir de la década de los 90s. Esta nueva generación de parques científicos y tecnológicos partía de la idea que para impulsar una I+D+i efectiva debían crearse espacios en los que se encontraran y cooperaran la universidad, la administración y las empresas. Leydesdorff y Etzkowit llamaron a este modelo, modelo de la triple hélice ( ver la Home page de Leydesdorff) . Con mayor o menor fortuna las universidades públicas europeas impulsaron la creación de parques científicos y tecnológicos para que aglutinaran la investigación, el desarrollo, la transferencia de tecnología al mercado (la innovación) y el emprendimiento. Sin embargo, esta eclosión de parques científicos y tecnológicos estaba relacionada con un tipo de investigación que tenía en cuenta las ciencias físicas, químicas y naturales, así como las ingenierías, pero raramente incluía a las ciencias sociales y a las humanidades. Catalunya, por ejemplo, siguiendo la iniciativa del Parque Científico de Barcelona se especializó en investigación biotecnólogica lo que le permitía conectar el sistema médico-sanitario, la industria farmacéutica, la química, los laboratorios de análisis y otras empresas de servicios con el mundo de la salud.

A principios del 2000 se empezó a tomar consciencia de  de que las industrias culturales podían funcionar como un factor de crecimiento económico y, por lo tanto, del valor estratégico del fomento de la tecnocultura y de las industrias creativas (Ver Hawkes (2001): The fourth pillar of sustainability: culture’s essential role in public planning, La Cultura Como Factor de Innovación Económica y Social o el Manual de la UE para el fomento de la cultura para el desarrollo   . Las nuevas tecnologías han abierto un espacio para la creación de nuevos productos y servicios culturales así como para la renovación de los existentes. Parece, pues, que la tecnocultura es una oportunidad.

El próximo 7 de octubre tendremos ocasión de conocer uno de estos esfuerzos para conectar la investigación en tecnocultura académica con las industrias creativas a través de una iniciativa de la UOC, la Iª  Jornada Doctorat Industrial en Creativitat i Cultura Digital, y comprender mejor este tipo de acontecimientos.

Más información sobre el evento
UOC_Jornada