Living labs territoriales y living labs científico-tecnológicos

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Quienes quieren dedicarse a dinamizar el mundo de los living labs tienen la posibilidad de especializarse en living labs territoriales o en living labs científico-tecnológicos. Los perfiles profesionales y las dinámicas que se dan en cada uno de ellos son distintas. Entre uno y otro modelo de living lab hay semblanzas y hay diferencias.

Living labs territoriales 

Los living labs territoriales están comprometidos con el desarrollo local, el fomento de la cultura digital, la cultura de la innovación, el emprendimiento a escala local, la creación de redes de ciudadanos digitales, la participación ciudadana en el gobierno local, el descubrimiento de las nuevas tecnologías y de los usos que pueden tener para la ciudadanía. El primer caso de living lab territorial en Catalunya fue el del Citilab de Cornellà (2007). Fue un prototipo que ha inspirado a toda una generación de living labs territoriales. Los living labs territoriales se organizan por proyectos que tienen en común la tarea de contribuir a innovar socio-digitalmente el territorio en el que actúan. Entre los proyectos del citilab destacan, por ejemplo, el ThinkLab, el EduLab, el Col.laboratori y el LaborLab. 

En los living lab territoriales con mayor disponibilidad de espacio también se organizan eventos dedicados a dar visibilidad, coordinar y dinamizar los distintos agentes del territorio y, en algunos casos, más allá del propio territorio. Una de las funciones de los living labs territoriales es el de promover la coordinación entre los agentes territoriales para mejorar el bienestar, la calidad de vida de la población y contribuir, de esta manera, al desarrollo y sostenibilidad del territorio. Cuando el espacio lo permite, los living labs también funcionan como incubadoras de empresas y, a veces, acuden empresas externas a los living labs en busca de usuarios para validar prototipos.

Dentro de la órbita de los living labs territoriales coexisten una serie de nuevas estructuras como los fablabs, las bibliolabs, los telecentros y puntos TIC que prestan servicios a la ciudadanía. Todas estas estructuras surgen de la revolución digital y contribuyen a divulgar el mundo digital, a sensibilizar y dinamizar a los ciudadanos digitales, a despertar aficiones, vocaciones, ocupaciones y emprendimientos propios de la sociedad digital entre los ciudadanos, y, sobretodo, conectan espacios distintos, hibridan y crean sociedad digital. 

Todas estas tareas son más complejas de lo que parecen. Articular los distintos agentes del territorio implica un gran esfuerzo por crear nuevos tipos de estructuras sociales, relaciones, dinámicas, redes, conceptos y proyectos. El marco conceptual que define los living labs territoriales es el de la cohesión social y la sostenibilidad del territorio. 

Living labs científico-tecnológicos

Los living labs científico-tecnológicos se originan en otro marco conceptual, el de la competitividad y la sostenibilidad de los negocios. En los living labs científico-tecnológicos se habla de Open Innovation, de User Centred Design, de Usability y de User Experience (UX). Algunos de los living labs científico-tecnológicos son empresas que ofrecen servicios de validación de productos tecnológicos durante las fases de diseño y desarrollo de productos a empresas de distintos sectores. Estos living  labs científico-tecnológicos ofrecen instalaciones para probar prototipos de productos y servicios, ofrecen acceso a comunidades de usuarios especializados y, a veces, incluso organizan shows rooms interactivos para empresas. Otros incluyen servicios de consultoría para facilitar los procesos de transformación o aceleración digital de algunas organizaciones, o para dar apoyo a proyectos de despliegue de infraestructuras digitales. 

Otros living labs científico-tecnológicos surgen en los entornos de los parques científicos y tecnológicos para ayudar a los investigadores de las universidades, startups y empresas vinculadas a ellos y, además, para facilitar la transferencia de sus tecnologías. Estos espacios relacionan los Living labs con la Open Innovation y las universidades. Estos living labs siguen articulando el modelo de la triple hélice (la universidad investiga, la administración financia la investigación, y la empresa explota los resultados de la investigación. En este esquema, el parque científico gestiona las patentes y se encarga de la transferencia de la tecnología de la universidad a las empresas). A las tres hélices anteriores, pues, añaden una cuarta, la de los ciudadanos (que validan los usos sociales de la tecnología). Esta variante del modelo de cuádruple hélice no es el mismo que el que se desarrolla en los living labs territoriales. En el modelo de la cuádruple hélice de los parques científicos y tecnológicos el living lab pende de una de las hélices, la de la universidad. Por lo tanto, en rigor, no forma un ecosistema de cuádruple hélice sino de casi una cuádruple hélice. (Para profundizar en el modelo de triple, cúadruple y quíntuple helice ver el artículo de Carayannis y Campbell)

Similitudes y diferencias

Entre ambos tipos de living labs existen algunas similitudes, aunque a veces, sólo sean lexicales. Por ejemplo, ambos están comprometidos con la sostenibilidad, aunque unos lo hacen desde la perspectiva del territorio (para el bien común) y otros teniendo en cuenta la perspectiva empresarial (dentro del marco del ánimo de lucro). Ambos usan la narrativa de la Open Innovation pero los living lab territoriales convocan y apoderan a los ciudadanos para que participen en proyectos de interés público, mientras que los living labs científico-tecnológicos generalmente ven en la participación de los usuarios una parte de su negocio. Con frecuencia los living labs territoriales se conectan con planes de desarrollo local (Economía), de ocupación (Trabajo) y de bienestar social (Sociedad) mientras que los living labs científico-tecnológicos conectan con empresa, industria 4.0, competitividad e innovación. Sin embargo, ambos crean espacios para potenciar la creación de empresas (viveros, semilleros e incubadoras de negocios, coworkings y aceleradoras de proyectos); aunque los living lab territoriales lo hacen a una escala menor.

Una diferencia fundamental entre los living labs territoriales y los living labs científicos-tecnológicos es que, los primeros, tratan de atraer a los distintos agentes del territorio al living lab y procuran incluirlos en sus consorcios, es decir, crean nuevas estructuras sociales dedicadas al servicio del territorio. Estos living labs, habitualmente, se constituyen como fundaciones o asociaciones sin ánimo de lucro. Mientras que los living labs científico-tecnológicos y empresariales se crean como servicios a la empresa, y se dirigen al mercado de I+D+i. Por otro lado, otra diferencia es su manera de financiarse. En Catalunya, por ejemplo, es frecuente que los living labs reciban ayuda de los municipios y diputaciones, o que, algunos, participen en los PECT (Proyectos de Especialización y Competitividad Local) mientras que los living labs científico-tecnológicos y empresariales se acogen a los Planes de I+D nacionales (o regionales), a los proyectos europeos y al capital de inversiones privadas, además de la venta por sus productos y servicios.

La casuística en el mundo de los living labs es compleja y muy variada (explórese la web de la ENoLL para tomar buena conciencia de ello). Pero, ahí dejo esta contribución por si puede servir para clarificar o comprender un poco más su complejidad. Crear living labs es crear estructuras indígenas de la sociedad digital para la sociedad digital. Cada día, haciéndolos, aprendemos un poco acerca de más cómo hay que hacerlos.

¿Qué podría ser un WiseBook?

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Creatividad artística

Esta es una entrada sobre creatividad. Corría el año 2010. La Fundación i2CAT había estado colaborando con la Fundación Tàpies de Barcelona en un un proyecto de co-creación de un Centro de Conocimiento. Para ello creamos una comunidad de profesionales para co-diseñar este espacio y, en una de las actividades, organizamos un taller de re-conceptualización de lo que era un libro. Esta actividad coincidía con una exposición de Ana Maria Maiolino. El enfoque del taller era artístico y, lo que surgió, fueron una docena y media de usos del concepto de libro para crear, diríamos, no-libros. Es decir, por ejemplo, si un libro fuera un pergamino doblado, al desdoblarlo saldría una especie de acordeón que se podría colgar del techo. Tiene su estética. Si un libro fueran sus letras, sus tapas podrían ser platos y, encima, acumularse las letras. Leer sería comer… podría tener su provecho. Si un libro fuera una diana y su lectura no nos hubiera gustado, podríamos utilizar lápices para atravesarlo como si fueran flechas – Qué significa criticar un libro? pues, dañar su estructura y convertirlo en algo parecido a un puerco espín. Y así fue el taller. Este grupo hizo su pequeña exposición de ‘no-libros’ al estilo del ‘ceci n’est pas une pipe’ como en el cuadro de Magritte. Esto fue creatividad artística, una creatividad orientada al goce estético.

Creatividad aplicada

Pero, hay otra creatividad, una creatividad orientada al uso; una creatividad funcional, útil. Por ejemplo, en el año 1999 estuve trabajando en un proyecto al que llamé BookNavigator. Lo que yo quería era poder leer un libro de manera transversal. Quería conocer sus contenidos sin tener que leérmelo entero – ir al grano, hacer consultas sin utilizar los índices de contenido. La solución era convertir el libro en un sistema de gestión de bases de datos. Y lo probé. Para ello, tomé un libro que había traducido, lo fragmenté en párrafos, frases y palabras, los codifiqué, los relacioné, creé unos cuantos campos calculados, un buscador y una pantalla en la que podía visualizar los contenidos resultantes. Escribía ‘cultura’ en el buscador y me aparecían todas las frases en las que se hablaba de cultura en el libro. Si quería saber el contexto de la frase, hacia clic encima de ella y veía todo el párrafo. De esta manera, las páginas del libro venían a mi, no era yo quien iba hacia ellas. Fue una experiencia interesante, pero limitada. La guindilla de este programa hubiera sido que hiciera resúmenes de contenidos de manera automática y que me encontrara contenidos relacionados. Pero, para ello necesitaba establecer criterios de simplificación y relevancia de resultados para lo primero, y una librería de sinónimos y antónimos así como una serie de funciones que, a partir de una única búsqueda, me generara automáticamente una búsqueda múltiple y, por lo tanto, me devolviera más contenidos que aquellos en los que aparecía explícitamente la palabra que estaba buscando. Y, para todo esto, a pesar mío, yo no tenía ni recursos, ni tiempo ni los conocimientos suficientes para articular semejante complejidad. Esto sucedió antes del eBook. El BookNavigator fue una idea que tuve, que desarrollé y que llevé hasta donde pude. Y funcionaba. La segunda versión del BookNavigator que nunca hice ya no se hubiera llamado de esta manera. Al incorporar funciones de resumen de contenidos y búsquedas complejas le habría llamado algo así como BookExplorer.

Veinte años después, el 17 de octubre del 2019, en el Ateneu Barcelonés participé en un acto organizado por Ricard Faura para reflexionar sobre los “50 años de Internet: ¿Y ahora qué?”. En la mesa estaba Artur Serra, Jordi Delgado y un servidor. Ricard empezó preguntándonos cómo la Internet y la informática nos había cambiado la vida. Más tarde, entrado el debate con el público, una intervención de Jordi Delgado respondiendo a una pregunta que le hicieron sobre el valor pedagógico del libro me hizo recordar la experiencia con el BookNavigator y mi atención se fue hacia lo qué le pediría hoy al BookNavigator – BookExplorer. Sería un ¿SmartBook? ¿Qué sería? Tuve que contenerme para concentrarme en el debate, pero a la mañana siguiente, le dediqué una reflexión creativa. ¿Qué le pediría un libro en la época de Internet? ¿Cuáles serían mis requerimientos ideales? En la fase creativa de un proyecto no hay restricciones. Más adelante es cuando se evalúa la deseabilidad social, la factibilidad tecnológica y la viabilidad económica. 

Requerimientos. ¿Qué se le podría pedir a Libro Sabio?

Sin duda, debería ser un libro inteligente, pero algo que fuera aún más allá de lo que ya está inventado (ver este SmartBook,  o este otro SmartBook). A mi me gustaría que fuera un libro no sólo tecnológicamente inteligente, sino y también, tecnológicamente sabio; algo algo como un WiseBook; un libro sabio. Entonces, ¿Qué servicios le pediría a este invento? Vayamos por partes. Mi WiseBook ideal, por su condición de smart, debería ser un libro que, además de ser leído, fuera una máquina capaz de leer e interpretar al lector. Es decir, sería un ordenador inteligente conectado a internet que, además, como libro, ofrecería una lectura estructurada alrededor de un argumento. Para empezar, este invento debería incluir tecnologías que interpretarían la conducta del lector. Podría, por ejemplo, tener una cámara para leer el comportamiento de mis ojos y tratar de deducir el grado de interés o dudas que me surgen al leer determinados párrafos o capítulos vigilando, por ejemplo, la contracción o dilatación de mis pupilas. Podría tener unos sensores para interpretar el cambio de presión de mis manos sobre el ‘libro’, o estar conectado a una pulsera que controlara mis reacciones corporales. Podría tener un micrófono y unos altavoces para que me escuchara y me hablara. Podría recibir mis comentarios para darle instrucciones y hablar conmigo en lenguaje natural. Para continuar, sería genial que dispusiera de varios proyectores holográficos para proyectar alrededor del WiseBook varias páginas, o frases o textos o imágenes del propio libro o tomadas de Internet de manera simultánea y, así, tener la posibilidad de verlas todas a la vez y contrastarlas. Luego, podría conectarme a través de Internet a fuentes documentales para seguir ampliando determinados puntos a partir de notas, notas de notas, bibliografía y enlaces para ayudarme en la comprensión de lo que estuviera leyendo. Y, desde luego, después de estas expediciones documentales, siempre podría volver al punto de partida y seguir avanzando en el argumento del libro. La inteligencia de este WiseBook debería ayudarme también a resumir las ideas, a seleccionar los contenidos relevantes para mi, debería recomendarme contenidos relacionados y facilitarme pistas para profundizar sucesivamente en ellos tanto como quisiera y que, a sus vez, me los resumiera y clarificara. Podría, incluso anticiparse, o generarme, dudas desde otros puntos de vista, darme acceso a críticas, a posturas alternativas y estimularme toda una reflexión interna. También podría conectarme con otros lectores y discutir con ellos. Es decir, sería un libro verdaderamente inteligente, un libro sabio. Un libro vivo. Sería un meta-libro que actuaría como puerta de acceso al conocimiento, sería un libro-mentor, un libro-guía, un libro-socio en el camino del conocimiento. Ya no sería un libro. Sería, en realidad, una inmensa biblioteca, una puerta a Internet i a la inteligencia y a la sabiduría de la experiencia (tanto la sintética como la humana). Sería, en definitiva, un instrumento que me conectaría de manera guiada por la noosfera que la civilización digital está creando. ¿Será este el destino y función de los no-libros?

Coda

En fin, ahí vuelve a quedar el sueño de una cuarta versión del BookNavigator (o WiseBook). ¿Qué habrá pasado de aquí a 20 años más? No lo sé. ¿Qué habrá pasado con los sistemas educativos y sus instrumentos para la transmisión del conocimiento? Será una sorpresa. ¿Hacia dónde llegaremos a desarrollar el concepto de libro, libro electrónico, libro inteligente, libro sabio, bio-libro, nano-libro o libro-aún-no-sabemos-qué? Dependerá de todos un poco. ¿En qué se habrá convertido esa cosa a la que seguimos llamando libro? Veremos. Desde luego, hay un antes y un después de la revolución digital y la Internet que está abriendo oportunidades a innovaciones disruptivas.